EL TÉ DE LOS SAMURAIS
Con las espaldas rigurosamente,
dolorosamente encorvadas,
como juncos azotados por el viento,
trabajan el campesino y su mujer
en los fangosos campos de arroz.
A la noche, después del duro dia,
exhaustos, se retiran a sus chozas,
donde sus hijos, babeantes y llorosos,
con sus bocas mudas por el hambre,
suplican apenas una pizca para comer.
Más no puede haber, pues la cosecha
es de los señores, de los samuráis.
Estos, arrogantes, a sus siervos dicen:
mirad las murallas de nuestro castillo,
nuestras largas y afiladas catanas,
las armaduras de cuero que vestimos
y los yelmos de amenazante acero.
No oseis enderezar las espaldas,
pues pleitesía y obediencia nos debéis.
Vuestro es el sudor y el esfuerzo,
la obediencia y la humillación.
Nuestro, el té y su fútil ceremonial,
que por delicadas geishas es servido.
Ese es el destino para los señores,
a los que les es dado gozar,
mientras a los campesinos les queda…
Llorar.







