NO ME PIDÁIS MÁS
Lloré… y le pregunté:
Dios, por qué me diste la facultad de poder contemplar tus maravillas, si luego he de morir? Por qué me hiciste tan efímero?
De nuevo, me susurró:
Ves las aguas grandes cómo caen impetuosas por las cataratas? Y las majestuosas montañas andinas, la imponente Puna, las estrellas que brillan en el cielo?
Vosotros, los humanos, las veis, pero ellas… no os ven.
Sois mi mayor creación, y la más bella, porque os he dado un poder único:
El saber.
No me pidáis más.
Entonces, Dios dejó de hablar.
Y yo, no lloré.
Mi alma estaba en paz.







