LAS PALOMAS
Érase una vez un pueblo amante de los claxons. Sí, sí, de los puñeteros claxons. Iba uno tranquilo por una calle, cantando «La dona e mobile, qual piuma…!». Cuando, ala, en el limbo se quedó «al vento»! Y eso? Pues porque hubo claxon que te crió. O llovía e iba cantando «I’m singing in the…!». Cuándo, dónde se quedó «rain»? En el limbo también! La causa: otro atentado a los tímpanos! Y así siempre. Un coñazo.
Era tan grave el evento, que se reunieron los tres gurús más sabios en busca de la solución. Dijo el primero: «No hay ná que hacer, estos indios son más tercos que una vacaburra plantada en medio de una carretera». A lo que añadió el segundo: «Pues si no tiene remedio eso de tanto claxon, mala cosa es para sus Karma». Intervino entonces el tercero, que dijo: «Tengo la solución: digámosles que, para contrarrestar el karma negativo, deben hacer en sus vidas algo positivo». «Ah, si? -preguntó el segundo gurú-. Y eso qué puede ser?»
Esta pregunta los dejó anonadados. Algo positivo? A ninguno de los tres se les ocurría nada.
Justo en ese momento, vieron pasar por encima de sus cabezas una bandada de palomas. El primero de los gurús chilló: «Fotre, xiquet! Me acaba de caer una cagada justo en medio de mi calvorota!». Inmediatamente, el segundo exclamó: «Esa era la señal que esperábamos! Las palomas nos quieren decir algo!». Y preguntó el tercero: «Será que les demos de comer?»
«Los dioses han hablado! -concluyó el primero-. Todo el mundo les dará algo, y así, con esa buena obra, se neutralizará el mal Karma!».
Eso es lo que han hecho los indios desde entonces: pitar sin ton ni son y, a cambio, alimentar con generosidad a las palomas. Y ya puestos, a todos los seres vivos.
Om, om, om…!







