Me presentaré: soy un veterano luchador por la igualdad entre hombre y mujeres. En los años 90 fundé y presidí la asociación alicantina de Padres Separados y la Federación Española de Padres Separados, cuya vicepresidenta, por cierto, era una mujer. Tenían dos fines claros: abogar por el trato igualitario en las separaciones y divorcios, y por la custodia compartida, algo que las feministas no perdonaban. Para ellas y sus adláteres, la custodia compartida conllevaba inevitablemente los insultos de machismo y misoginia. Lo que, al fin y al cabo, se erigía en una prueba rotunda de su falsedad y daba a entender a las claras una de las esencias de la ideología feminista, porque, ¿hay algo más igualitario que la custodia compartida? ¿Hay algo más justo que luchar por la igualdad real y sin tapujos entre sexos?
Lo cierto fue que, aunque parezca paradójico, fui ampliamente tildado de machista, misógino, etc., etc., y boicoteado en los medios de comunicación incluso por toda una Defensora del Pueblo de la Comunidad Valenciana (entendiendo “Pueblo” como su “clac”). Incluso llegaron a acusarme de jalear a los desalmados que maltrataban y asesinaban mujeres.
No tuvo nada de extraño. Ella era del PSOE. Recuerdo una frase de esa mujer, soltada a bocajarro cuando estábamos en uno de los últimos programas de radio en los que coincidimos en la ciudad de Alicante. En un descanso del programa, me espetó: “las madres nunca os daremos nuestros hijos”. Esclarecedora declaración de intenciones, y ni qué decir que en cualquier mitin de su partido se llenaba la boca con la palabra “igualdad”. Si hay algo humano que carezca de límites, aparte de la estupidez, es la hipocresía, la cara dura.
Una de las consecuencias de todo ello fue mi desilusión y abandono de esta lucha, y no solo por las acusaciones de gente necia que alardeaba de palabras bonitas que luego incumplía sistemáticamente, sino también, lo cual era aún más grave y me llegaba al alma, por la desidia de los que me rodeaban. Y por la manifiesta pasividad de esos supuestos “luchadores” contra la injusticia que nos sometía y, que, en buena lógica debían ser millares y, sin embargo, a la hora de la verdad no llegaban ni a unas pocas decenas. Íbamos a manifestarnos a Madrid y éramos apenas unas decenas, por cierto, la gran mayoría alicantinos de mi asociación. Venían uno o dos de Galicia, otro de Sevilla, uno de Burgos… y así todo. Si se difundía por los medios, daba igual; seguíamos estando a cuadro. ¿Qué queríamos y podíamos conseguir con ese escasísimo —por no decir nulo— sentido participativo? La política que imperaba entre los hombres era que “eso” les pasaba a otros, no se merecía manifestarse por ello, éramos demasiado “gallitos” para rebajarnos como las mujeres. Que ellas se manifestaran, y vaya si lo hacían, no se andaban con chiquitas como nosotros, y así les iba… y así nos iba.
Y entonces, ¿por qué escribo este artículo? ¿Por qué vuelvo a un tema para mi viejo, gastado y, sobre todo, inútil, a costa de interrumpir mi obra literaria, en la cual debería estar más centrado? Llevaba, desengañado, varios años en silencio, asistiendo impertérrito al avance sistemático e incontrolable del feminismo en todo el mundo, cuando el otro día fui a una sucursal bancaria alicantina y tuve ocasión de charlar un rato con su director. Lo que hablamos fue revelador. Tanto, que por la noche me costó dormir y pensé y pensé… Lo hablado había sido una charla breve, pero muy preocupante. Y al menos en un aspecto importante de por sí, se me abrieron los ojos. Y lo que vi no era nada halagüeño, sino desesperanzador y triste. Me volvió la rabia de antaño y los deseos de aclamar contra las injusticias que están ocurriendo hoy contra el sexo masculino, que el feminismo quiere hacer ver de forma interesada como el dominante cuando es todo lo contrario.
Me contó ese hombre que se suele juntar con ocho amigos más de su edad, los cuarenta años o pocos más, y que de ellos solo dos están casados, el resto divorciado… y ninguno quiere casarse de nuevo. Eso me extrañó. En mi época no solíamos contemplar otra eventualidad. Me lo explicó. Me dijo que dos de sus amigos ya habían “visitado” los calabozos por falsas denuncias de malos tratos, y que luego les había costado horrores recuperar la normalidad perdida, si es que la habían recuperado.
Pero es que incluso siguió diciéndome: en el caso de que no hubieran sido falsas, cualquier mal trato, por muy leve e insignificante que fuera y por fuerza caduco, se convierte por arte y gracia de la Ley de los Malos Tratos en algo permanente, de por vida. Lo puntual se convierte en un estigma vitalicio que afecta a todos los niveles, familiar, social y profesionalmente. Para siempre, el trato recibido será de delincuente.
Un simple empujón, un insulto, una palabra fuera de tono y lugar, convertidos con una facilidad pasmosa por cualquier abogado, con la Ley de los Malos Tratos en la mano, en una agresión con mayúsculas, puede arruinar la vida al completo a cualquier hombre, convertirlo en un guiñapo.
Ante el juez de turno da igual el que sea, la palabra de ella va a misa, y la del hombre no vale nada. Es culpable por el mero hecho de ser hombre. Según los jueces del Constitucional, es violento por naturaleza, lo lleva en la sangre, mientras que las mujeres, al parecer, son dulces palomas incapaces de hacer daño y que siempre tienen las de perder. Ergo, en cualquier conflicto, groso modo, el hombre será condenado y la mujer absuelta. Y si acaso es condenada porque las pruebas son abrumadoras, su pena siempre será muy inferior a la de él o simplemente será multada. A eso, feministas, psicólogos lacayos suyos, políticos, jueces y fiscales, periodistas, etc., le llaman “igualdad”.
¿Se imaginan un caso cualquiera en el que un hombre le rompe un dedo a una mujer y, a su vez, la mujer le rompe otro dedo al hombre, y que a ella le pongan una multa de 100 euros y a él lo condenen a dos años de cárcel? Cierto, los hombres somos por regla general más fuertes físicamente… pero ni mucho menos es así en todos los casos. Y que se sepa, un dedo roto es lo mismo para los dos sexos.
Pero además, también existen los malos tratos psicológicos, algo de lo que se olvida la ley. Las mujeres que psicológicamente dañan a los hombres, que las hay a millares, no interesan lo más mínimo a la Ley: el sexo masculino siempre es más violento y agresor. En todo y porque sí. Es como el pecado original. Los primeros santurrones y beatos, que no doctores, de la Iglesia, tal vez en alguno de sus Concilios (me importa tan poco saberlo que ni me molesto en buscarlo), instauraron muy “inteligentemente” el susodicho pecado. Se procuraban con ello una buena clientela a perpetuidad. Al afirmar, con su contundencia habitual, cualquiera les llevaba la contraria, que todo el mundo era pecador per se (¡bebés pecadores!), la gente siempre necesitaría un consuelo espiritual y alguien que la llevara por el buen camino y la redimiera. ¿Y quién mejor que la propia iglesia, esa que antes había emitido la condena por el mero hecho de nacer? El feminismo y el Tribunal Constitucional nos equiparan con la misma doctrina: somos violentos por naturaleza. Lo cual es una completa majadería, que busca exaltar el sexo femenino y denigrar el masculino. Pero haber mujeres malas, haylas, aunque sean muy pocas, y hombres buenos haylos, y no en cantidades mínimas o despreciables: son la inmensa mayoría.
La gente no va por el mundo repartiendo bofetadas al sexo femenino. Eso de que así lo determinan los genes, eliminando el In dubio reo, es una boutade digna de los peores tiempos medievales.
En definitiva, fue la religión católica la que inventó la estrategia a seguir, y los jueces del Constitucional la han copiado sin escrúpulos. Los católicos deben redimir su pecado original, los hombres su violencia original con penas cada vez más severas. Todos, claro, incluidos los miembros del citado tribunal, porque la mayoría son hombres. Aunque, siendo ellos tan violentos, tan malvados, ¿cómo es que los nombraron para tan dignos y elevados cargos? Y si esos individuos se tienen ellos mismos por violentos, ¿con qué derecho se creen que los demás somos como ellos? Menudos presuntuosos. Nadie tiene la culpa de que sean unos agresores potenciales de mujeres, así que deberían empezar por dejarnos en paz. El Constitucional ha destruido un principio básico sagrado de la justicia: la presunción de inocencia. Para los hombres la presunción es de culpabilidad. ¿Alguien lo entiende? Trasladando una frase de un eminente historiador, “se condena a muchísimas personas, no por lo que han hecho, sino por lo que son y piensan”. Somos hombres… ergo somos culpables. A eso se ha llegado. En la Historia de la Estupidez Humana, el Tribunal Constitucional, se merece un capítulo aparte. Ciertamente, esos jueces que aprobaron semejante felonía demostraron que su sumisión a los lobbies feministas fue absoluta. La jurisprudencia había consagrado desde tiempos inmemoriales que “todo el mundo es inocente a menos que se demuestre su culpabilidad”, que nadie es pecador o delincuente per se. Y que toda acusación, incluso la más evidente y venga de quien venga, se tiene que poner en tela de juicio. Se debe demostrar con pelos y señales, pues puede ser motivada por motivos espurios o simplemente exagerados o distorsionados. Hombres y mujeres no son buenos y bondadosos por naturaleza, sino malvados y egoístas. Si se dejan dos hombres (o mujeres) abandonados en una isla durante años en condiciones paupérrimas, tengamos presente que cuando volvamos a por ellos uno de los dos habrá muerto a manos del otro o será su esclavo. La confrontación habrá sido inevitable. Pues bien, el Constitucional ha demonizado a todos los hombres con una línea argumental típica del nazismo. Para los nazis, el que hubiera unos pocos culpables entre los judíos, gitanos, eslavos o bolcheviques, no eximía al resto: absolutamente a todos los consideraban por el mismo rasero. Se era judío, se era culpable. Entre feminazis y juecenazis anda la cosa.
II
El empleado de banca siguió diciendo que las consecuencias de cualquier mal trato, sea real o no, porque contra las falsas denuncias nada se puede hacer, ya que lo que dice la mujer es “palabra de ley” y cualquier abogado dirá que “no se puede demostrar”, además de significar la prisión para el hombre, con su correspondiente denigración social, también equivale a ser apartado de sus hijos. Como si les hubiera hecho algún daño. Pero, ¿desde cuándo un conflicto entre un hombre y una mujer lo deben pagar los hijos? ¿Es esto la Edad Media, donde estos pagaban por los desmanes de sus padres? Y por supuesto, si se aspira a conseguir la custodia compartida, hay que olvidarse. Suerte habrá si se logra un raquítico derecho de visitas. Dicen que es por el “ejemplo” que darían. Pero ¿el “ejemplo” consiste en privarlos del amor de sus padres? Otra cosa, muy distinta, sería que se hubiera portado mal con ellos. Es en ese caso cuando hay que apartar al progenitor, sea hombre o mujer, de los hijos. Pero si se les aparta injustamente, recuperarlos luego —y recuperar parte de la normalidad perdida— se convierte en una ardua batalla legal y judicial, con los consiguientes gastos y perjuicios.
Así las cosas, ¿por qué querrían ellos casarse? El empleado me dijo sonriendo que tenían todo el sexo que querían, y sin obligaciones de ninguna clase. Y si se iban a vivir juntos con alguna chica, a la primera dificultad adiós y si te he visto no me acuerdo. Porque si se casaban… Me afirmó que había que estar loco para ello. En el mejor de los casos solo se puede aspirar a no terminar en prisión y que el matrimonio dure unos pocos años. Las mujeres son espoleadas por el feminismo para que no aguanten nada y rompan a la mínima, con consecuencias desastrosas para el hombre. Tienen todas las de ganar, así que ¿cómo no se van a divorciar si para ellas el divorcio es un chollo?
Me comentó que en cierta ocasión una mujer le dijo, estando conviviendo con él, que “podían tener” un hijo. Le faltó tiempo para desaparecer. Si la pregunta de por qué un hombre querría casarse se hace a cualquiera, joven o mayor, soltero o divorciado, la respuesta será invariablemente la misma: el matrimonio no tiene ningún aliciente para el hombre. La mujer siempre tendrá la sartén por un mango, y el día menos pensado podrá dejar a su pareja con una mano por delante y otra por detrás… o en un calabozo. Y a nadie le gusta que le ocurra eso por llamar un día “tonta” a su mujer.
Porque que nadie lo dude: por una simpleza así un hombre puede ser condenado a prisión. Basta un abogado avezado y sin escrúpulos, que los hay a miles, amén de una mujer una pizca despechada, que las hay igualmente a miles porque a fin de cuentas a una separación se llega porque hay una situación conflictiva previa, para verlo. Esa noche, pensando, repasé la lista de mis amistades y conocidos. Un amigo mío tiene tres hijas, ya mayorcitas, y ninguna de ellas está casada. A lo sumo, aspiran a “juntarse con alguien”. Sin compromisos formales ni ataduras de ninguna clase, con el pseudo noviazgo que se estila ahora: sin complejos de ninguna clase, salen ambos “de marcha” con sus amigos/as al menos un día a la semana. Y si ligan, tanto él como ella… pues vale. Como todos/as los/las jóvenes (¿y jóvenas?). Hoy estoy contigo (¿y contiga?)… y mañana tal vez con otro/a. En la variación está el gusto. Promiscuidad total. Se ha llegado a la perfecta relación de “Putitas y Gigolós”, aunque a los hombres no se les puede culpar que se hayan convertido en ligeros de cascos. Les va la vida en ello.
Y por supuesto, sin hijos. Solo faltaría eso. Tener hijos ata aún más a la pareja. Sin ellos un matrimonio puede ser una espada de Damocles permanente sobre la cabeza; con un hijo en danza no es que “pueda ser”, lo es. Infelices pues… Sí, rotundamente infelices. Porque envejecer sin conocer la paternidad o la maternidad, sin saber lo que es cuidar a un hijo o una hija y ver cómo crece, cómo avanza en sus estudios, cómo empieza su primer trabajo y mil circunstancias más que por regla general proporcionan una felicidad difícil de explicar con palabras, es como convertirse en un árbol podado. Así son muchos de los jóvenes de hoy en día, seres podados que más tarde o más temprano conocerán en sus carnes lo que es la soledad, algo a lo que muchos/as llegarán dado el desprecio al matrimonio y a la fidelidad en la pareja.
Por cierto, la palabra matrimonio viene de madre. En teoría al menos, es una institución protectora de la mujer. Con su desaparición, debe de ser ella la que más pierde. Pero en gran parte gracias al feminismo se está desplazando el interés de la sociedad desde el matrimonio y la familia, con sus lazos íntimos y familiares, a la pandilla de amiguetes -compañeros del alma y de parranda. Del amor y el cariño se está pasando a la amistad y la simple camaradería donde los jóvenes, convertidos en unos vulgares picaflores, se intercambian “fluidos” o intereses, se lo pasan muy bien, y donde palabras como matrimonio, paternidad o maternidad, sencillamente, no interesan, no existen. En un mundo cada vez más con más presencia e influencia de los colectivos LGTBIQ+, tampoco es extraño: la promiscuidad se está convirtiendo en el santo y seña de la sociedad. Aunque a las mujeres sí que les interesaría, pues no hay que obviar la íntima relación feminidad-maternidad (¿se es machista por decir eso? ¡Seguro!). Pero desgraciadamente ya casi no pueden contar con los hombres, y no por gusto propio.
Hay un problema añadido: en el tema de la maternidad el sexo masculino solo vale para usar y tirar. En caso de aborto, cuenta exclusivamente la voz femenina. El papel nulo masculino se puede entender en parejas inestables o encuentros fortuitos, pero jamás en parejas estables. Si el padre es necesario para el cuidado y la crianza de un hijo, lo debe ser desde el primer momento, y decidir todo respecto la prole en cuestión de igualdad con la madre. Eso de que al principio no pinta ni con cola y luego, para lo que les interesa a ellas, es “imprescindible” (hasta que deciden lo contrario, claro), que se lo cuenten al tonto del pueblo. Igual lo comprende. Pero claro, estamos olvidando el papel que reservan las feministas a los hombres: de simples comparsas, de espermatozoides ambulantes.
La noche de marras pensé también en otras amistades. Más de lo mismo: parejas desestructuradas, gente solitaria, sexo esporádico, ausencia de niños… Conozco una chica, un auténtico bombón, culta, preparada, inteligente, con una profesión muy digna y estable, y ya con 45 años. No se casará. Le resulta prácticamente imposible encontrar una pareja más o menos duradera. Tuvo una. En teoría, claro. Cuando ella le insinuó que “ya era hora de formalizar la relación, de hacerla más seria”, le ocurrió lo mismo que a la novieta del director de banco: se quedó con dos palmos de narices. Y eso que no le dijo nada sobre tener hijos.
Mi amigo teme por sus hijas. Creía alegrarse porque tendrían más oportunidades de encontrar buenos trabajos y prosperar en sus profesiones gracias a la discriminación positiva (a costa de sendos chicos, claro), pero ahora que se hacen mayores ve sus enormes dificultades para afianzar parejas estables. Sencillamente, lo tienen crudo, por lo que se ve envejecer sin nietos.
Mientras las mujeres sean jóvenes y deseables sexualmente, tendrán multitud de parejas ocasionales. Cuando sean mayores, muy probablemente no tendrán a nadie. Los hombres, visto que las relaciones deben ser cuanto más ligeras, mejor, elegirán a las más jóvenes y hermosas. No tienen otra opción. Eso de fundar una familia es cosa del pasado. El signo de los tiempos actuales indica que hay que ser prácticos, y si el sexo masculino no se puede casar por la nefasta situación legal y jurídica, pues a otra cosa, que la vida es corta y hay que aprovecharla al máximo.
El feminismo, que es quien está detrás de las leyes actuales, ha destruido con ello el amor, entendido no como una mera relación sexual y transitoria, sino como un sentimiento profundo y duradero en el que se dan lugar a cabo circunstancias como “estabilidad”, “procreación” “fidelidad” o “familia”. Solo impera ahora la superficialidad y el desenfreno. Los hombres quieren una mujer para “echar unos polvos”, y sobra. Porque ninguna otra cosa se puede hacer. Como me dijo recientemente una chica (créanlo), que era por supuesto una joven soltera: “las noches alicantinas son un puterío”.
Y las madrileñas, las cordobesas, las zaragozanas… Pero ¿alguien en sus cabales se piensa que la soltería y el no ser madres es algo positivo? Supongo que al menos, dada su estupidez, las feministas sí que lo piensan. No es extraño. Gran número de ellas son lesbianas y, en otro número importante, están resentidas con el sexo masculino porque sus relaciones con él siempre han ido —por el motivo que sea— de mal en peor. No es de extrañar que nos odien. El problema es que saben convencer y arrastrar a gran parte del resto de las mujeres hacia sus postulados misándricos. Las novelas de Jane Austin, donde el sexo masculino era alabado, respetado y deseado han pasado a mejor gloria. Ahora somos vilipendiados. Nos han hecho pasar de “protectores” y “necesarios” a depredadores, a canallas que violan, matan o maltratan.
Pero los más jóvenes son aún tan tontos que muchos de ellos se casan. Y viven felices… hasta que les cae encima el Apocalipsis, claro. Lo dicho: hasta ellos, o sus padres, terminarán espabilando y la palabra “matrimonio” dejará de estar en su vocabulario.
Vamos, pues, derechos y de cabeza a una sociedad sin estabilidad sentimental y, lógicamente, con una disminución cada vez más drástica de la natalidad. Esta está cayendo en picado. En España el número de mujeres que paren con más de 40 años, edad peligrosa de por sí, se ha duplicado en el último decenio, y ya es el segundo país de la UE (con 27 países) donde menos hijos se tienen y más tarde llegan, lo que implica que ya no suelen tener más hijos. Con lo que ello significa para la sociedad, empezando por el relevo generacional que asegure, entre otras cosas, la estabilidad del sistema de pensiones. Y si no hay relevo, ¿quién se hará cargo de las pensiones el día de mañana? Aunque el día de mañana se puede decir que prácticamente ha llegado. De hecho, tanto la Unión Europea como otras instituciones no paran de advertir del futuro colapso del sistema de pensiones en España y la necesidad de tomar medidas urgentes. Algo que en los próximos años se agravará aún más.
III
Cuando yo inicié mi compromiso con los padres separados, todo esto no ocurría. Los hombres deseaban casarse, y si se separaban solían casarse de nuevo. Y el hecho de tener al menos dos hijos era de lo más normal. Con el inicio de la democracia se había aprobado la Ley del Divorcio, que anulaba a los hombres tras una separación, pero lo peor estaba por llegar: aún no se había aprobado la ignominiosa Ley de los Malos Tratos, que pretende solucionar el susodicho problema por mor de encarnizarse con el sexo masculino. Aun así, no existía la concienciación de que hubiera diferencia de trato entre hombres y mujeres. Nuestras cuitas de separados, y eso de que “lo perdíamos todo”, eran únicamente “anécdotas” curiosas que, pensaban los hombres de ese momento, ajenos a esa problemática, en nada les afectaba. Así era. En los 90 hablábamos de esto y nadie se lo creía. Exagerábamos. Sin embargo, era bien real. La Ley del Divorcio de los años 80 consagró una diferencia abismal de trato entre hombres y mujeres tras una separación o divorcio. Yo la sufrí.
Una jueza me dijo una vez allá por los 90 que “me aumentaría sustancialmente el régimen de visitas, porque me iba a conceder los fines de semana alterno”. La vi feliz soltando esa parida. Pero yo la miré a los ojos y le pregunté si se pensaba “que yo era un animal”. “Pues así es como nos tratan —le dije— con el fin de semana alterno, que equivale a 11 días seguidos sin ver a los hijos, que en mi caso vivían a 500 metros de mi casa”. Ni qué decir que me echó de su despacho con cajas destempladas. Pero ¿por qué se pensaba, no solo ella, sino todos los jueces, que yo podía vivir con esa monstruosidad? ¿Se creía que yo era un cero a la izquierda para mi hija y ella para mí, y que para su desarrollo y formación solo le bastaba la madre? Aunque, con tan nefasta opinión sobre la paternidad, ¿se merecía ser jueza? ¿Sería feliz si se aplicaba a ella misma ese “espléndido fin de semana alterno”? ¿Si se convirtiera en una simple “visitante”, como la película de extraterrestres de los años 80? ¿Alguien duda que no? ¿Que sería una desgraciada? Entonces, si ella a sí misma, y cualquier otro juez/a sería un desgraciado/a si se lo aplicaba, y, por lo tanto, no lo haría ni durmiendo, ¿a santo de qué lo sentenciaban con tanta facilidad? ¿Qué clase de hipocresía reinaba —y reina— en los juzgados españoles? ¿La más cínica de todas las posibles? Entre feminazis y juecenazis andaba la cosa.
Recuerdo una frase que me soltó con manifiesto cinismo un fiscal de Alicante, ya fallecido: “La justicia es pendular, antes favorecía a los hombres y ahora a las mujeres”. Al parecer no le afectaba lo más mínimo la injusticia subyacente en la frase. Él, todo un fiscal, en teoría un defensor de eso llamado Justicia, se quedó tan tranquilo reconociendo esa discriminación, como si fuera lo más natural del mundo. Era como decir: si antes tú robabas, pues ahora te roban a ti. Fue como dar una pátina de honorabilidad y lógica a la injusticia. Con esos mimbres, si hasta los miembros más preclaros de la “Justicia” se manifiestan de ese modo tan rotundo, naturalizando y legitimando la desigualdad ¿se puede confiar en ella? Yo, como varón, tuve que sufrir en mis propias carnes cómo los jueces sucesivos que me tocaron en desgracia me trataron como un pelele tras mi separación. Lo que me ocurría no era nada original, sino el pan nuestro de cada día para todos los hombres de este país. ¡Y eso ocurrió hace más de treinta años! ¡Pocos años después de haberse instaurado la Ley del Divorcio!
Además, mucho antes, durante mi periodo de vida militar, ya tuve que hacer la mili obligatoria y perder así año y medio de mi vida laboral y profesional, que las mujeres de mi generación pudieron aprovechar para hacer oposiciones o encontrar trabajos a costa de nosotros, imposibilitados para ello. Pero luego, tenemos que soportar que digan las mujeres que son ellas las “discriminadas”. Me gustaría saber de qué. Aun ninguna me lo ha dicho respecto el presente, justo cuando vivimos ahora. Porque si es del pasado, lo siento, no me afecta a mi vida cotidiana ni a la de ninguno de mis contemporáneos. A otro perro con ese hueso. En razón los talibanes, otros cafres como las feministas actuales, son su polo opuesto, aunque ¿dónde son más cafres? ¿En el mundo musulmán, donde tratan como personas de segunda a las mujeres? ¿O en el mundo occidental, donde son los hombres los ciudadanos de segunda? Es evidente que los talibanes saben cómo serían tratados en Occidente, y no quieren lo mismo. Se curan en salud. Elemental: antes de ser tratados como parias, las tratan así a ellas. Pero no hay que ir a Afganistán para encontrar talibanes. Las feministas son los talibanes occidentales, pues el fin que persiguen es el mismo: discriminar al otro sexo.
Todo esto, claro está, les importa un bledo a las feministas. Ellas y sus lacayos van a lo suyo, sin remordimientos ni complejos de ninguna clase respecto el sexo masculino. Y añado: incluso el femenino. Hoy en día las cosas han cambiado. En cualquier reunión de hombres, todos tienen claro que solo con la palabra de una mujer, sin necesidad de pruebas, pueden ir a la cárcel y perder casa, hijos y profesión con una facilidad pasmosa. Y si quieren denunciar la falsedad de la acusación, todos saben que se reirán a carcajadas de ellos.
IV
Aunque la noticia que voy a comentar ahora parezca sensacionalista, la típica que busca llamar la atención y hacerse de notar con campañas de marketing orquestadas, en realidad tiene tanto de cierta que hay que perdonar ese sensacionalismo. El tiktoker Naim Darrechi, que hace poco ha proclamado sus deseos de “hacerse mujer legalmente”, ha querido cambiar de sexo “para tener más derechos que los hombres”. Ha reclamado poder hacerlo porque “en España los podemitas, los de izquierdas, son tan lameculos y tan incoherentes que te dejan cambiar de sexo cada 6 meses y solo tienes que rellenar un formulario”. Tras presentarse como Naima Alejandra Darrechi, su nuevo nombre en Instagram, ha afirmado que “hay una ley que desventaja al hombre en la legislación, pero luego tú puedes elegir si ser hombre o mujer. Si pienso un poquito, quiero ser mujer. Os invito a vosotros a que también lo hagáis”.
El tiktoker, con más de 28 millones de seguidores en Tiktok, considera que en España no hay igualdad entre hombres y mujeres por culpa del feminismo. ¿Va desencaminado? ¿Es una estupidez? Todo lo contrario. Tiene más razón que un santo. Si cuando yo me divorcié lo perdíamos todo tras una separación, ahora la situación ha empeorado mucho más. Hay una mayor presión feminista radical, que influye y manipula cada vez más tanto a las izquierdas como a las derechas. Porque las derechas también participan. Para las izquierdas, las mujeres deben tener un “trato especial”. Puesto que son más “débiles” y han sido discriminadas eternamente (¿desde el Paleolítico?) por los hombres “patriarcales”. Pero para las derechas, aunque no lo digan explícitamente, el sitio de la mujer está en casa con los niños. Su papel fundamental para los partidos conservadores está en el cuidado de la familia, y por ello deben tener un “trato especial”: exactamente el mismo que le prodigan las izquierdas. Por lo tanto, las dos tendencias políticas llegan, por caminos distintos, a la misma tesitura: en caso de separación o divorcio, ella se queda con los hijos, la casa y la pensión, y el hombre perderá la casa, pagará cuanto más mejor y verá apenas a sus hijos, amén de que no podrá cuidarlos ni educarlos. La justificación que da la izquierda: que por su debilidad ante el hombre, hay que protegerla. La de las derechas, porque el hogar es su “lugar natural”, y ¿cómo se la va a despojar de ello? Aclaremos que la discriminación del hombre surge fundamentalmente de las izquierdas, pero luego las derechas son incapaces de ponerles freno y, sea por estrategia política, convicción o por pura necesidad de votos, siempre terminan claudicando y apoyando las sucesivas leyes misándricas.
Porque de eso se trata: de pura misandria, de “odio a los hombres”. Un odio surgido de las ansias de revancha y de los deseos de manejar y dominar la sociedad a fin de asegurarse las mejores condiciones de vida a costa de los hombres. Por designio de las feministas y sus adláteres y lacayos, se creó primera la Ley del Divorcio, luego la Ley de los Malos Tratos y, cierto, también la de la Custodia Compartida, aunque hecha la ley hecha la trampa: esta puede ser un perfecto camelo porque basta cualquier denuncia de malos tratos para perderla, cosa que es lo primero que aconseja cualquier abogado a toda mujer que se presente delante de él. ¿Y qué mujer no se ve tentada, si las ganancias pueden ser sustanciosas y el riesgo prácticamente nulo?
La presión feminista para hacerse con el control absoluto de la sociedad es un rayo que no cesa. Después del caso tan sonado de la Manada, cuya condena al principio fue por simples abusos, pero pasó a ser violación cuando los jueces fueron “debidamente presionados”, las feministas no han tenido más remedio que cambiar de política. Como les fue mal con lo del “no es no”, porque la víctima de la manada nunca dijo “no” y la culpabilidad de los jóvenes solo se dedujo de su “palabra”, por supuesto sagrada, ahora implantan sin reparos el “sí es sí”, para ver si cuela de una vez por todas y consiguen tener aún más atados a los hombres. Pero rara vez un varón pregunta en una primera cita: ¿hacemos el amor? Esas cosas no se preguntan cada vez que se hacen, va contra la propia naturaleza de hombres y mujeres. Es de muy mal gusto, se hace y punto porque el deseo no es necesario explicitarlo con palabras como si fuera un contrato laboral, y además la mujer, como parte del juego erótico, suele hacerse la remolona, igual que el hombre, el atrevido. Lo llevan ambos en sus genes, en su naturaleza. Y el amor no es una ley o un teorema matemático, sino un acto espontáneo y desinhibido, que no precisa ataduras ni reglas estrictas. Pretender imponerlas por decreto ley es una solemne estupidez. El “sí es sí” es una aberración que, además, dadas las coyunturas actuales, no se podría demostrar salvo con un certificado, algo absolutamente ridículo y frío, como un témpano de hielo, aunque para las feministas debe ser el súmmum en las relaciones sexuales. Si el acto sexual se pudiera fiar a la “simple palabra”, ¿cuántos “síes” harían falta? ¿Cinco o seis durante la sesión? Porque igual con un solo sí no bastaría, ya que luego podríamos tener una denuncia porque se ha “arrepentido” o “cuando dijo sí es que era no”. A saber. Los vericuetos femeninos pueden ser muy arduos.
El caso es que con las leyes actuales, el hombre está condenado de antemano. Aparte de que las palabras (incluso habiendo de por medio una docena de síes) se las lleva el viento, la palabra masculina contra la femenina en cualquier juzgado de España es el cero absoluto. Eso de “palabra contra palabra se anula” ya pasó a la historia.
Ahora la simple palabra de la mujer te lleva sin remisión a la condena. Será preciso, pues, que cada vez que un hombre quiera hacer el amor exija antes un documento escrito bien detallado, muy completo y firmado de puño y letra, lo que puede llevar sus veinte minutos de tiempo, como para carcajearse en medio de la “faena”. En caso contrario, la cosa se puede torcer. Y ya sabemos cómo queda siempre el hombre en estos casos: a los pies de los caballos. En resumidas cuentas: ni siquiera el simple sexo es seguro para el hombre.
V
Otra de las mentiras feministas es que las mujeres ganan menos que los hombres por el mismo trabajo. Pero en España hay legislación de sobra al respecto para evitar ese tipo de situaciones: cualquier Magistratura de Trabajo tumba en cuestión de días cualquier iniciativa laboral desigualitaria. Nuestra asociación de padres separados sostuvo una campaña de varios años. Ofrecíamos ni más ni menos que 3.000 euros a cualquier mujer que demostrara que cobraba menos que un hombre por el mismo trabajo. Entre otros muchos medios de radio, prensa y televisión, llegamos a publicitarla en el diario El País. ¡En El País! ¡Cientos de miles de personas pudieron leerlo! Pues bien, nadie nos llamó. Bueno, sí lo hizo una mujer al sexto o séptimo año de su continua y prolongada publicidad, pero cuando le pedimos la oportuna “demostración” se puso a despotricar que “¿cómo era que no la creíamos?” ¡Exigía sus 3.000 euros por su simple palabra! Debía ser que ya había ido a un juicio contra algún pobre infeliz, y ya estaba acostumbrada a que su palabra fuera decisiva y a la del hombre que la frieran.
Afirma el periodismo de pura cepa feminista que hay 400.000 casos registrados de violencia sexual en un año, manipulación informativa hecha basándose en el subjetivo criterio de “se estima”. Entre esos múltiples casos se incluyen simples insinuaciones de un desconocido, tocamientos en una discoteca que de ser fortuitos pasan a intencionados por la simple palabra de la mujer, la visión de un exhibicionista… En fin, un abanico de actos “no consentidos” tan amplio y arbitrario que no es raro que salga ese número; podría ser un millón a poco que se empeñen. Los papeles son muy sufridos y no cotizan en Hacienda. En cuanto al Ministerio del Interior, en un estudio del “Grupo de estudios avanzados en violencia de la Universidad de Barcelona”, feminista para más señas, asegura que 235.000 personas cometen violencia sexual al año, y que hay 350.000 víctimas. Ni las cifras cuadran. Pero ¿qué más les da? Al Xokas, un usuario de la plataforma de videos Twich, puede que lo metan en prisión porque ha dicho que “se sale a ligar sin beber, se busca una chica que esté bebida y entonces todo es más fácil”. El feminismo de pro, auspiciado por los medios de comunicación, carcajeándose de la libertad de expresión, no lo considera un “truco para ligar”, sino, ahí queda eso, un “delito”. Afirma que es un “abuso sexual” porque “sin consentimiento, realiza actos que atentan contra la libertad sexual de otra persona”. Abundando en la noticia, un “experto” antropólogo en “nuevas masculinidades” —lacayo del feminismo para más señas— explica a los ignorantes, que somos legión, que “la cultura de la violación ya existe, y con ese tipo de declaraciones se multiplica”. ¿Lo dirá por él? Ojo, pues, a partir de ahora: si la chica ha bebido aunque sea un chupito, ni acercarse a ella. Solo vale Casera, y si es agua mejor, que los gases igual emborrachan. Y eso de invitarla a una copa, ¡vade retro!, ¡jamás! En cuanto a las fiestas de Hogueras, San Fermín, Moros y Cristianos o las que sea, que todo jovenzuelo sensato huya como la peste de las “jóvenas” que desprendan aunque sea un insignificante tufillo a Vino de la Bota. No sea que acaben en una hoguera de la Inquisición Feminista.
Si los dominicos de Torquemada o sin ir tan lejos los puritanos censores de Franco levantaran la cabeza, qué contentos estarían. Han hecho escuela, ¡y qué escuela! ¡Les están superando por goleada!
Las feministas hablan mucho de igualdad, pero ¿para qué? ¿Para ser ministra, diputada o ejecutiva con sueldazos impresionantes y un despacho de 30 metros? Para eso no hace falta ser fémina: lo quiere todo el mundo. Pero, ¿por qué no piden la igualdad a la hora de ser metalúrgicos, camioneros, albañiles, fontaneros, mineros, pescadores y un larguísimo etcétera? ¿Acaso se creen que los hombres somos bestias de carga a su servicio?
Aldous Huxley, en su obra Un Mundo Feliz, calificaba a la Humanidad en cinco categorías, desde la superior, la Alfa, que era la encargada de dirigir al resto de la sociedad, hasta la Épsilon, compuesta por individuos destinados a los trabajos más repetitivos, físicos y peor remunerados. ¿Vamos hacia ese tipo de clasificación humana, donde por supuesto la mujer sería la Alfa y los hombres los animales de carga, los Épsilon? Sin lugar a dudas, es lo que pretende el feminismo. Los términos ”discriminación positiva” son una de sus mentiras predilectas, porque, como su propio nombre indica, se trata de discriminación pura y dura, ya que ¿desde cuándo una discriminación es positiva? Por pura terminología lingüística, toda discriminación es negativa. Se le da algo a una mujer… haciéndoselo perder a un hombre. Y se le da simplemente por el hecho de ser mujer, aunque sus méritos sean menores, como si la valía personal no fuera importante y solo el sexo lo fuera. Algo que, muy posiblemente, redundará en el peor funcionamiento de la empresa o institución afectada por tan “singular” medida. Pero eso tal vez tuviera su razón de ser en las sociedades atrasadas de algunos países tercermundistas, con machismos rampantes, pero jamás es el caso de España. Aquí tenemos leyes de sobra para impedir cualquier discriminación contra la mujer y, tanto es así que, como ya se ha comentado, las leyes creadas en las últimas décadas no solo no son igualitarias, algo ya logrado décadas atrás, sino que encima son anti masculinas.
Recientemente, surgió el caso de “Carmen Mola”, con cuyo seudónimo un trío de escritores ganó el Planeta de Novela. Menudo escándalo. ¡Usar un nombre de mujer como trampolín para ganar un premio! Pero yo mismo, y como yo y los autores de Mola seguro que cientos o incluso miles más, gané en 2011 un premio de novela presentándome con un seudónimo de mujer, concretamente el nombre de una hija mía.
No salió a la prensa porque el Certamen Bienal de Onil, Alicante, no es el Planeta. Pero recuerdo que uno de los jurados, una mujer, me mostró su extrañeza y su desagrado por usar un nombre femenino. Me limité a sonreír. Porque así están las cosas. Hay que presentarse como una mujer si se quiere ganar un premio en un certamen, literario o lo que sea. Táctica que canta. Por algo será.
Si se impone el famoso porcentaje de género —la discriminación positiva—, como hace por ejemplo el Planeta de novela, donde un año gana una mujer y al siguiente un hombre y así sucesivamente, la injusticia está servida. No solo las palabras “calidad literaria” se la pasan por el forro de los pantalones, es que además resulta notoriamente discriminatorio. Si se presentara un número similar de hombres y mujeres, podría argumentarse que ese porcentaje tiene su razón de ser, aunque obviando siempre la calidad, pero es que no suele ser así. Normalmente, se presentan muchos más hombres que mujeres, con lo cual si luego el premio se reparte por igual, una mujer es recompensada con un porcentaje mucho mayor que un hombre, a quien le costará mucho más ganar. De ahí que muchos optemos por utilizar seudónimos femeninos. Además, de por sí ser mujer ya es un “plus”: se quiere ver cómo “derrotan a los hombres”.
VI
Ahora hay un movimiento internacional que pretende que se den disculpas por hechos acontecidos en el pasado, incluso siglos atrás. Sin ir más lejos, no hace mucho un banco holandés pidió disculpas porque en el s. XVIII dos de sus directivos tenían negocios esclavistas. ¿Aceptaron sus disculpas aquellos que las merecían, los esclavos de esa época? Lo dudo. Tendrían ahora trescientos años de edad. Ni siquiera las aceptaron sus descendientes porque, ¿dónde están? ¿Y quiénes son? Pero es cierto: las disculpas quedan muy bonitas, aunque en el caso de los banqueros creo que sobran estas y faltan mejoras en condiciones de préstamo y de servicios. ¿Se nos disculparán los romanos algún día por esclavizar a nuestros antepasados celtíberos?
Deberían, deberían… (Y los sátrapas saudíes, ¡que nos regalen el petróleo como compensación por invadirnos siglos ha!). En el caso concreto de España, según el entendimiento de algunos líderes, como el del Presidente de México, López Obrador, debe pedir perdón por su actuación en la conquista del imperio azteca. Ahí queda eso. Pero, ¿qué tienen que ver los hombres de esa época con los que vivimos en la actualidad? ¿Acaso somos soldados de Hernán Cortés? ¿Qué clase de anacronismo cerril es ese? ¿Cabe mayor despropósito que pedir disculpas por algo ocurrido en el siglo XVI? ¡Hace quinientos años! ¡Que lo hubieran pedido esos soldados! Absolutamente, nada tiene que ver la sociedad española actual con la de hace siglos. Son universos distintos. Por lo mismo, en referencia a ese revanchismo feminista que nos hace culpables a los hombres actuales de pretéritas actuaciones supuestamente machistas, cabría preguntarles: ¿vivíamos los hombres actuales en 1920? ¿O en 1950? ¿Qué tenemos que ver con la gente de esa época para que se nos acuse de sus supuestas faltas?
Además, no hay que olvidar que el futuro de los hombres no era más halagüeño y prometedor en el pasado: o se era un labriego con un trabajo durísimo, o en cualquier lugar se trabajaba más horas que un reloj y por sueldo raquíticos, o se era soldado, que si no morías en una batalla morías en la siguiente además de recibir castigos terribles por cualquier falta. Y había escasa movilidad social y geográfica. Muy poca gente salía de su terruño. La vida de las mujeres era dura, pero igual o más lo era la de los hombres. ¿Quién discriminaba a quién? ¡Todos estaban discriminados!
Y las mujeres no votaban, pero la votación hasta bien entrado el s. XX era muy reducida para los hombres, que tenían que ser cabezas de familia y tener casa en propiedad. Y luego el caciquismo, con sus tejemanejes, hacía que a menudo solo fuera un instrumento para perpetuar a los poderosos. Muy pocos, pues, podían votar, y si podían, era lo que quería el cacique. Lo mismo sucede con el cacareado patriarcado. Este existía, ya que lo ostentaba quien traía el jornal a casa, que era el marido, pues, a diferencia de hoy en día, la mujer no trabajaba fuera de casa. Pero eso es cosa del pasado. Decir que hoy en día un hombre es un patriarca en su familia es, salvo las excepciones que confirman la regla, una solemne majadería. El patriarcado pasó hace muchas décadas a mejor vida. Pero es que también le ocurre al matriarcado: para su existencia harían falta matrimonios, y cada vez hay menos.
Así que, si el feminismo busca culpables, que los busque en el baúl de los recuerdos. O que se invente una máquina del tiempo para condenar a esos hombres, pero que a la gente contemporánea nos dejen en paz. Claro que, en realidad, no se trata de buscar culpables. Eso es solo una excusa, una justificación sacada de la manga para, gracias a ella, procurarse una serie de fines retorcidos.
Pero ¿estamos hablando de un tipo especial de feminismo, o habría que hablar de todo el feminismo? En mi opinión, el movimiento feminista actual es el único que nos debe importar, ya que el de hace unas décadas puede que fuera realmente igualitario, pero el de hoy no lo es ni por asomo, porque busca descaradamente el privilegio y la dominación de la mujer sobre el hombre. No duda en manipular a la sociedad y mentir, haciéndose pasar por igualitario, con unas ansias de revancha de manual. Todos los hombres somos sus enemigos. Por ello, es un movimiento plenamente paranoico en la línea de Stalin, que creía que los que le rodeaban —y luego de empezar con su círculo inmediato terminaba con absolutamente toda la gente—, eran enemigos, así que los trataba como tales. Con los resultados que todos, menos los comunistas de pro, sabemos: purgas como la de 1938, donde mandó ejecutar con un tiro en la nuca a decenas de miles de buenos oficiales, lo que implicó la posterior debacle de su ejército en los primeros compases de la Segunda Guerra Mundial. El feminismo en general ve por doquier culpables donde no los hay, y hay que recordar que la paranoia se propaga como la peste, y más con Internet. En su paranoia, se cree a pies juntillas que aún vivimos en los años 50 del siglo pasado. Así que lo único que nos hacen es la puñeta. A nosotros… y a las mujeres. Porque las mujeres ¿tienen hijos, sobrinos o nietos? ¿O solo tienen hijas, sobrinas o nietas? Tuve una fisioterapeuta, una chica de unos 40 años, que se mostraba preocupada por el futuro de su hijo. En alguna que otra sesión de fisio me comentó que no veía nada bien la infravaloración sistemática de los varones. Temía que su hijo saliera perjudicado el día de mañana por casarse con una mujer que luego, si se separaba de él, podría meterlo en un calabozo a la primera de cambios, además de dejarlo con lo puesto. E incluso temía por él profesionalmente, pues las famosas cuotas femeninas impiden a menudo que un hombre con más méritos llegue a puestos de responsabilidad y mejor remunerados y considerados.
A lo que se ve, pues, serán los propios padres los que desaconsejen relaciones estables a sus hijos, dada la represión contra el mundo masculino, que cada vez va a más porque las feministas nunca tienen bastante. ¿Qué mundo desean para ellos? ¿Uno donde cualquier pelandusca los pueda llevar a la ruina en un santiamén con solo decir esta boca es mía? ¿O se creen las feministas que no hay pelanduscas en este mundo? Igual que hay cabrones, sinvergüenzas y maltratadores masculinos, también hay pelanduscas, cabronas y maltratadoras. ¿Tal vez menos? Daría igual: seguiría habiéndolos, y en gran cantidad. En todos los sexos cuecen habas, algo de lo que, dada su paranoia (que es una forma de locura), dudan las feministas. Pero incluso sin necesidad de ser una pelandusca, cualquier mujer sabe que el simple hecho de presentarse ante ese engendro llamado “Justicia” en cualquier lugar de España le supone absolutamente todas las de ganar. La discriminación es tan brutal, tan apabullante, que cuesta describirla. Con todo ello, las mujeres se están echando piedras a su propio tejado. Como suena. Si las feministas se creen por un instante que ganan, están muy equivocadas.
Para empezar, ya hemos visto la preocupación de mi fisioterapeuta. Si tienen hijos, sobrinos o nietos, que será lo más normal, verán la injusticia en sus propias carnes cuando a su familiar le arrebaten los hijos, la casa, el peculio o incluso la libertad. Y si no los tienen y se trata simplemente de una relación amorosa, verán como esa relación se ha desvirtuado de tal manera que ni se casan ni les dan nietos que aseguren la continuidad de la familia y alegren su vejez. Y para terminar, no solo no acabarán con los malos tratos y los asesinatos de mujeres, sino que los incentivarán. De nuevo, como suena.
Porque las injusticias que están llevando a cabo sistemáticamente pueden llevar a los hombres a la locura. Tal cual. No todos, evidentemente, porque hay mucho canalla suelto en los dos sexos, pero hay muchos casos de hombres que han matado a su mujer o a sus hijos por desesperación. Por pura locura. ¿Acaso una mujer no puede momentáneamente “enloquecer” si le arrebatan sus hijos? Los hombres somos iguales: podemos perder la razón si nos pisotean brutalmente, y entonces podemos rebotarnos con violencia. Las injusticias generan locuras, y estas monstruos. Él sería el culpable de esa violencia, claro está, no se trata ni por asomo de justificarlo, pero igualmente es culpable quien lo ha llevado a esa situación límite. No tiene nada de inocente ese juez que lo ha condenado a perder a sus hijos o le ha arrebatado su casa, ni tampoco esa exmujer que se ha aprovechado de unas leyes y un sistema desigualitario e injusto. Son cómplices. Y mucho menos son inocentes esas mismas leyes, promulgadas por individuos concretos, y que permiten a los jueces cometer esas barbaridades. También son cómplices los políticos que promulgaron esas leyes. Toda mala ley es un germen inagotable de desdichas. Políticos y jueces, manipulados hasta la saciedad por el feminismo (basta una l lagrimita a tiempo, y de lagrimitas sabe mucho el sexo femenino), están causando un daño enorme a la sociedad. No es discriminando y represaliando a un sexo como se consigue la igualdad, sino con educación y respeto hacia ambos sexos, que no “géneros”. Por cierto, este es un extranjerismo que en castellano es de uso estrictamente gramatical y no se puede aplicar a la identidad sexual de las personas.
Los cursis que utilizan el inglés para todo y quieren imponerlo olvidan que nuestro idioma es el tercero más hablado del mundo. Así que un respeto. Hay que ser muy necio para despreciar el español.
VII
Hace unos cuantos años, me llamó un periodista de El Mundo. Quería saber sobre nuestro ideario y programa. Venía con una idea preconcebida: sin lugar a dudas, éramos machistas. Le expliqué repetidas veces que de eso nada, que pretendíamos la custodia compartida para que los hijos pudieran ser criados y educados por ambos padres, además de la igualdad entre hombres y mujeres en casos de separación y divorcios. Era más, como botón de muestra más que evidente, le dije que nuestra vicepresidenta era una mujer. No sirvió de nada. Él, erre que erre, no salía de su prejuicio. Y lo malo es que era un periodista. Ingenuo de mí, que ignoraba el poder abusivo del periodismo, cuando me preguntó sobre nuestra revista le contesté que en el próximo número íbamos a poner unos cuantos chistes contra las mujeres, y que “al siguiente número los habría contra los hombres”. Pues bien, lo segundo sobraba para él. Publicó en primera página que la Federación Española de Padres Separados era una “federación de asociaciones misóginas”, y que la prueba era la página de chistes.
Protesté en vano, y cuando le envié la revista con los chistes contra los hombres se hizo el sueco. A eso le llaman periodismo “veraz y objetivo”. Cuando es vil y rastrero. Aunque el periodista era un hombre, obviamente era un siervo de las feministas. La cuestión era mentir y tergiversar a fin de dar mayor sensacionalismo a la noticia. No “vendía” que fuéramos una federación igualitaria. Quería que fuéramos machistas para difamarnos, y no paró hasta que lo consiguió. Le daba al público, sobre todo femenino, la carnaza que quería.
Pero no se trata tan solo de El Mundo. Recientemente, apareció un reportaje en El País. Trataba de la disminución de la natalidad y, claro está, traía la “versión oficial”: hablaba de las mujeres y de sus dificultades de conciliar vida con hijos y trabajo, por lo que renunciaban a los hijos. Ya es un tópico. Todo el reportaje estaba elaborado a partir de las mentiras y exageraciones feministas, como afirmar que las “echan del trabajo por
tener hijos o pierden posibilidades laborales”. Que “las penaliza en sus expectativas profesionales y laborales” o “te quedas embarazada y es parón respecto el hombre”. Afirmaciones subjetivas, no apoyadas en datos objetivos, que no ofrecía, y convertidas muy astutamente en generalizaciones y verdades como templos. Otras perlas: “ausencia de oportunidades y desigualdad de género”, “la maternidad castiga y empobrece a la mujer. El 57% sufre una pérdida salarial tras ser madre (¿Sacan ese 57% de su imaginación?). Y por eso la joven de 30 años se lo piensa o la retrasa”. “La reproducción cae sobre los hombros de las mujeres y las desincentiva”. “¿Cómo vamos a competir con el hombre en el mercado de trabajo agotadas y con triples jornadas? (¡Ni más ni menos que triples jornadas!)”. “Cuando todo falla lo resuelven las mujeres”. “Nosotras ya no somos úteros andantes”. “Se suele premiar a los padres y penalizar a las madres”. “Las mujeres no solo cargan con las tareas más activas, físicas y rutinarias del hogar, sino que no consiguen una paridad con el hombre en cuanto a participación, disponibilidad y responsabilidad con los hijos”. “Un 57% (¡el mismo porcentaje!) según un estudio del IESE ha renunciado a algunos trabajos incompatibles con la maternidad”. “Las estructuras laborales están pensadas por hombres y para hombres solos y que no hagan otra cosa que trabajar”. “El apoyo público a la maternidad es nulo” Afirmaba también que “Los nacimientos en no casados son el 47%. Un tercio de las españolas nacidas entre los setenta no han tenido ni van a tener hijos, la mayoría en contra de sus deseos (¿En contra de sus deseos? ¿Quién las obliga?). La media es de 32 años para tenerlos”. Y bla, bla, bla…
Todo esto y más es la base del reportaje de 5 páginas, en el cual no se menciona prácticamente a los hombres, como no sea para denigrarlos o echarles directamente la culpa. Ni, por supuesto, a las dificultades femeninas para formar una familia por el hecho de que los hombres huyen como la peste de cualquier compromiso familiar y de tener hijos. Ni dice que muchas mujeres están tan obsesionadas por triunfar profesionalmente que, voluntariamente, aparcan la maternidad tanto que, muchas veces, llegan sencillamente tarde a ella. Como decimos en mi pueblo, se les pasa el arroz. Es evidente que el feminismo jamás reconocerá estas razones o similares: los malvados jamás reconocen sus desmanes ni les interesa lo más mínimo la verdad. Esta es su enemigo declarado.
La batalla por la desinformación y la propaganda alienante no cesa nunca en todos los medios de comunicación, por desgracia, acaparados por el feminismo recalcitrante y misándrico. Por una parte, procura elevar a los altares cuanta mujer se ponga a tiro. Si hacemos caso a las numerosas periodistas, articulistas, escritoras de toda ralea y su legión de criados masculinos, terminaremos pensando que detrás de cada obra maravillosa solo hay una mujer que, para lograrla la pobre, ha tenido que luchar lo indecible contra, lógicamente, todo hombre que le ha intentado poner la zancadilla. De un tiempo a esta parte, la glorificación femenina en todos los campos del saber: literatura, ciencia, medicina, artes varias, etc., ha llegado a cotas nauseabundas. Por otra, procurando desprestigiar y denigrar al sexo masculino todo lo que pueden y más. Belcebú y Satanás, lógicamente, son masculinos. Como botón de muestra, leí el otro día algunos párrafos de un artículo de El País escrito por una famosa escritora y feminista de pro (entero comprenderán que no me lo pude tragar: habría vomitado). Después de afirmar sobre un famoso actor americano que este comentaba a un amigo que “a partir de la boda ya podía abofetear a su mujer, o bromear con un colega sobre cómo follar su cuerpo quemado”, la articulista terminaba opinando sobre estas supuestas frases que “ya saben, es el típico cachondeo que cualquier hombre expresa sobre su mujer”. Y pregunto yo, respecto el marido de esta señora, pues está felizmente casada con un escritor de prestigio: ¿cómo es que ella no se ha divorciado? Porque menudos comentarios debe hacer sobre su mujer cada dos por tres. O esta otra noticia, también de El País y también firmado por una fémina, en relación con las Matemáticas, que entre otras lindezas, dice que “Si una carrera se hace competitiva, ellas se retraen”, para luego asegurar con contundencia que “cuando una carrera tiene éxito, se masculiniza”. ¿Cómo se puede afirmar tamaña imbecilidad? ¿También tenemos culpa los hombres de que las mujeres no se apunten a la carrera de matemáticas? ¿Detrás de cada chica que deja esta carrera hay un hombre apuntándola con una pistola? La caterva de periodistas, ¿o habrá que decir periodistos y periodistas?, que a diario se ensañan con el sexo masculino, ¿tienen hijos, sobrinos y nietos por los que llorar si la ley les machaca? ¿O solo tienen hijas, sobrinas y nietas a las que cuidar y proteger?
Evidentemente, o solo tienen familiares del sexo femenino, importándoles un carajo el otro sexo… o son unos perfectos imbéciles (¿e imbécilas?).
VIII
Es preciso hablar ahora del Me too. Este movimiento es una de las creaciones más meritorias del feminismo, así que es como él: desquiciado, paranoico, sin escrúpulos y causante de multitud de víctimas. Afecta a la sociedad entera, no únicamente a casos singulares como Woody Allen, acosado porque su mujer, sin prueba alguna, lo difamó, algo que se creyeron a pies juntillas las feministas. ¿Cómo no? ¡Era una mujer quien
acusaba a un hombre! O el tenor Plácido Domingo, repudiado por “poner su mano unos segundos sobre el tobillo de una mujer” y “pedir una cita a una mujer estando casado”. Afortunadamente, gran parte del mundillo de la ópera no le ha dado la espalda.
¿A qué mundo mojigato, inquisidor y talibán hemos llegado? Sin embargo, hay que decir que ya se empieza a ver la luz al final del túnel, aunque sea esporádicamente y por ahora solo en Estados Unidos. En el caso de Amber Heard contra Johnny Depp, ha sido este quien, inexplicablemente, ha ganado el juicio. Y no digo “inexplicablemente” por casualidad. Hasta hace bien poco, eso hubiera sido como pedir la Luna. ¿Una mujer querellándose por difamación y malos tratos contra un hombre en un país occidental y gana este? ¡Anda ya! Pues bien, eso significa que algunos hombres, al menos en EE. UU., ya han empezado a decir “¡basta!”. Basta de ser tratados como piltrafas, basta de que su palabra, enfrentada a la de una mujer, sea considerada una basura, basta de perderlo todo para que se lo lleve su oponente femenina por el solo hecho de su sexo. Claro que, la sentencia de ese caso ha sido jurado popular mediante. Algo que representaba al pueblo, que es consciente de que tiene familiares masculinos, no a una casta, un lobby o una ideología. Si hubiera sido un juez o un grupo de jueces el que la hubiera emitido, que nadie dude de que Heard habría ganado.
Pero es lo que ha habido, para consternación del feminismo mundial. Por primera vez en muchos años la palabra de la mujer ha sido puesta bajo sospecha y, finalmente, han salido a la luz las malas intenciones que se anidan en muchas actuaciones femeninas, desmontándose su prepotencia y sus ansias de difamación y enriquecimiento ilícito a costa del hombre. Increíble, pero cierto.
¿Es señal de cambio de actitud, de que los tiempos están cambiando? No lo sé. Ojalá, aunque lo dudo. El feminismo solo ha perdido una batalla, no la guerra. Contraatacará con todas sus fuerzas. En absoluto ha perdido todo su inmenso poder mediático, político y social.
¿Es otra señal de cambio de actitud la reciente sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos sobre el caso “Dobbs contra Jackson Women’s Health Organization”, que deroga el “Roe contra Wade”? El hecho de que a partir de ahora el derecho al aborto deje de ser constitucional en ese país para que sus 50 Estados tengan la potestad para legislar sobre este tema, con lo cual algunos de ellos, presumiblemente, decretarán restricciones más o menos amplias, ¿significa que el péndulo de la Justicia se ha girado de nuevo, esta vez contra las mujeres?
Creo que aún es pronto para emitir un juicio, pero en todo caso sí que hay una señal evidente: de hastío contra los abusos feministas. A muchos hombres ya les sale la palabra ”basta” de forma espontánea, y si alguien quiere ver en ello algún signo político determinado, está equivocado: es simple sentido común. En España, esas sentencias son impensables. Nuestro país es de los más misándricos del mundo, si no el que más. Ni jueces, ni políticos, ni periodistas la hubieran consentido. Recientemente, el gobierno ha concedido un indulto a una mujer que había sido condenada a dos años y cuatro meses de privación de libertad por sustracción de menores y a la retirada de la patria potestad de su hijo.
Una broma. Porque si te informas del caso, la contumacia de esa señora había sido de marca mayor. Incluso la Policía Nacional llegó a acusar a la entidad que presidía esa mujer de “organización criminal”: fomentaba los secuestros de hijos, y de hecho ya se habían dado varios casos. Y yo —y cualquiera— me pregunto: ¿habría concedido el gobierno tal indulto a un hombre por los mismos delitos y con esas agravantes?
Para la respuesta debemos, por fuerza, remitirnos a Sherlock Holmes: “Elemental, querido Watson, ¡que… no!”. ¡Un no rotundo!
Y no digamos el caso de Juana Rivas, que clama al cielo. Los miles de hombres que han sufrido calabozo, muchísimas veces por un quítame allá esas pajas, se han indignado. Y no solo ellos. Con razón protestó y se indignó el italiano implicado. En su país aún no se ha llegado (pero se llegará) a tal grado de descerebramiento. Allí, por ahora, no se le da a la mujer la razón en todo por su sexo. En España, si en vez de “Juana” hubiera sido “Juan”, se habría quedado sin hijos y con años de cárcel, sin remisión alguna ni perdón, además de ser vituperado por todo el mundo de por vida. Aquí, a los políticos les falta tiempo para plegarse a las condiciones feministas. Les asusta su “pico”. Saben que a la mínima serán tildados de machistas y misóginos, con lo que esto puede suponer de menoscabo para su carrera. En consecuencia, no se atreven a enfrentarse a ellas y se dejan llevar por sus exigencias, cada vez más desorbitadas.
Aunque hay que decir que no todo el periodismo y la intelectualidad es feminista. Al menos, no es el caso de muchos escritores como Javier Marías, fallecido hace un año, Arturo Pérez Reverte o Fernando Savater. Sin llegar a tildarlas de “feminazis”, lo cierto es que en muchos de sus escritos, y no únicamente por la ridiculez del lenguaje inclusivo, las suelen poner a caldo. Lo cual, invariablemente, les ha llevado a ser inscritos con letras de honor en su “lista negra”. Ya son machistas recalcitrantes. Nadie se mete con una mafia y sale impune. A lo que, supongo, ellos dirán “a mucha honra”. Porque siempre hay que considerar como honroso, y más para gente de su talla, plantar cara a la exageración, a la manipulación y a la calumnia.
IX
Capítulo aparte merece el lenguaje inclusivo, que entre otras cosas presupone que el que no lo utiliza es “exclusivo”, o sea, negativo y retrógrado. El feminismo denigra por sistema a todo el que se le opone. Pero el lenguaje humano, cualquier idioma, es una creación que ha llevado siglos de formación y consolidación, no es para tomarlo a broma. El caso es que determinados colectivos iluminados, esporádicamente, pero con asiduidad a lo largo de la Historia, pretenden imponer sus reglas caprichosas y someterlo a sus designios, modificando estructuras, palabras y sintaxis sin lógica alguna ni sentido común. Ya nos advirtió George Orwell en su distopía 1984: una de las tácticas de los totalitarismos es la manipulación del lenguaje. En la novela se valen de la inversión lingüística: la verdad es la mentira, la paz es la guerra, la libertad es la prisión.
El feminismo, totalitarismo de manual, entre otras cosas, a cuál más “ingeniosa”, aduce que hay que suprimir el “lenguaje masculino-patriarcal”, y por ello se hace servir de la terminación femenina, creyendo resolver así el “problema”. Nada más inconsecuente. Porque hay muchísimas palabras que son masculinas… y vienen en femenino. ¿Qué haríamos entonces con los “artistas”, los “poetas” o los “novelistas”? Si aplicamos su regla de tres pasarían a ser “artistos”, “poetos” y “novelistos”. Hay miles de palabras que estando en el género masculino sirven para los dos sexos, pero ¿acaso no hay muchas otras que estando en femenino no sirven también para los dos sexos? ¿A qué viene esa solemne estupidez del lenguaje inclusivo? ¿Quiénes se creen que son las feministas para manipular el lenguaje y hacernos tragar sus imposiciones e inventos necios?
Por no hablar de la famosa terminación en “e”. ¿Qué haríamos con “inteligente”, “cliente” o “paciente”? ¿Pasamos a decir “inteligento o inteligenta”, “cliento o clienta”, “paciento o pacienta”? ¿Y eso por qué? ¿Por qué quieren ellas? Pero no solo deben ser los académicos de la lengua los que despotriquen contra semejantes despropósitos. Es la sociedad al completo la que les debe poner freno o terminaremos siendo como esa gente: unas niñatas malcriadas. Y no digamos el uso repetitivo de masculino y femenino para todo. Aburre a las marmotas. El lenguaje requiere ahorro expresivo, no redundancias a troche y moche.
Que en algún caso de duda utilicemos amigos y amigas, o compañeros y compañeras, es una cosa. La claridad puede exigirlo, y yo mismo lo hago a menudo. Otra muy distinta es su uso sistemático: “Vinieron nuestros y nuestras compañeros y compañeras, que eran muy amigos y amigas nuestros y nuestras y nos dijeron a los profesores y profesoras que los niños, las niñas y en general todos y todas los alumnos y las alumnas eran muy buenos y buenas”.
Con solo dos palabras se retrata este texto: solemne estupidez. En fin, si alguna vez hablo así, mis amigos me pedirán que me dedique al cultivo de champiñones. Será más provechoso para todos, todas, todes. ¿Todes? Si además introduzco la terminación “e” mis amigos, amigas y amigues directamente me enviarán al carajo.
X
El feminismo lleva consigo tal carga de hipocresía que ignoro cómo se atreven a hablar en determinados foros y a imponer sus criterios. Por ejemplo, pocas feministas hemos visto cuando la invasión talibana de Afganistán. ¿Dónde están cuando esas barbas surgidas del medioevo más profundo restringen los derechos de las mujeres afganas? ¿En sus despachos de ministras ultimando alguna nueva vuelta de tuerca en el potro donde nos tienen a los hombres? Y otro caso: Ucrania. ¿Dónde están cuando los rusos la invaden? ¿Huyendo como gallinas asustadas? ¿Ahora que pueden morir en el frente de batalla ya no interesa la igualdad? ¿Defender su país es solo cosa de hombres? ¿En eso también somos la clase Épsilon?
Creeré que las feministas desea de veras la igualdad cuando las vea luchando codo con codo con los hombres, o cuando vea manifestaciones suyas, pero no para conseguir cargos de ejecutivas y ministras, sino frente a una obra o una mina. Algo que, sinceramente, lo dudo. Dudo que la ministra socialista que recientemente solo se quería fotografiar si había otra mujer posando se plantee lo mismo frente a una obra, un barco de pesca o un camión. Tal vez se crea graciosa, pero no lo es… salvo para los crédulos. Otro de los frentes del feminismo es el de la “alienación parental”. Se empeña en negarla, pero existe. La manipulación femenina de los hijos, pues son ellas quienes tienen la custodia, es infinitamente superior a la que pueden ejercer los padres, que aunque quisieran, no podrían. He conocido muchos casos de hombres que se habían quedado sin hijos. Sus madres les habían inculcado odio hacia ellos. Y el verlos muy poco hacía el resto: la distancia es el olvido.
Esa es la triste consecuencia de la misandria imperante, que en absoluto tiene en cuenta el sacrificio cotidiano de muchos hombres por mantener sus familias, y de hecho, por algo será que su longevidad es menor que la de las mujeres. Se encargan de mil y un oficios, muchas veces pesados y desagradables —no solicitados por ellas, claro está — y de dobles jornadas para traer el pan a su familia, y ahora resulta que son patriarcas abusivos que se merecen las leyes represoras actuales. También hay muchas mujeres que ejercen oficios pesados, y nadie las desprecia. ¿Con qué interés? ¿Quieren las mujeres dominar el mundo? Que lo dominen, pero con sabiduría y con trabajo y dedicación, no con malas artes ni con leyes discriminatorias. ¿Qué más da el sexo de quien gobierne si lo hace bien? Jamás se debe tener en cuenta, para nada, el sexo, la raza, la condición social o lo que sea. La cuestión es que el que llegue donde tiene que llegar sea quien más méritos, esfuerzo y voluntad ponga. Será su capacidad y su savoir faire, no su elección arbitraria y discriminatoria a través de puertas giratorias o cuota de sexo, lo que constituirá una garantía de éxito para todos, empezando por la empresa que lo contrate. Las empresas no quieren gente ascendida por chanchullos, sino por capacidades. Todo el mundo, sin excepciones, debe ser igual y debe gozar de las mismas oportunidades, sea cual sea su condición, sexo o raza, y solo será cuando tenga algún impedimento, por ejemplo, una minusvalía, cuando se le procure algún tipo de trato preferente que la compense. De todas maneras, cierto es que la meritocracia, al igual que la democracia, no son sistemas perfectos. Siempre tendrán mejores posiciones de salida las clases altas o los apellidos famosos. Aun así, son infinitamente mejores que la discriminación positiva o las dictaduras. Cualquier persona, más tarde o más temprano, se lo tiene que “currar”.
No recibe regalos simplemente por tener vagina en vez de pene. Los altos cargos en empresas suponen una carga laboral y un estrés que muchas mujeres no quieren, con razón o no, para sus vidas. Esa es una de las razones que impulsan el bajo número de ejecutivas, no la discriminación, ya que las empresas no entienden de sexo, sino de rentabilidad. Si las mujeres fueran más rentables, todos los ejecutivos serían mujeres. ¿Alguien lo duda? ¿Y sería indeseable? ¡Jamás! ¿Desde cuándo una empresa desprecia la búsqueda de rentabilidad? ¿Desde cuándo es malo que una industria, banco o comercio prospere? ¿Cuál es el legado feminista? ¿Un mundo donde un hombre tiene miedo, como ahora mismo en EE. UU., de quedarse a solas con una mujer en un despacho, y por eso cada vez son más las empresas que procuran contratar solo a hombres, ya que estos no se sacarán de la manga denuncias de acoso? ¿Un mundo donde para hacer el amor habrá que llevar preparado un certificado de buena voluntad femenina y consentimiento (como si solo la mujer tuviera la exclusiva de “consentirlo”)? ¿No sea que se arrepienta al día siguiente o tenga celos o ganas de venganza, chantaje o lo que sea y denuncie al hombre por violación? ¿Un mundo donde ya casi no existe el amor entre hombres y mujeres porque se ha frivolizado y convertido en algo superficial, de usar y tirar, dado el miedo de un hombre a perderlo todo si se casa?
Con todas estas componendas, ¿adónde llegamos? A que el feminismo está destruyendo, si no lo ha destruido ya (prefiero pensar que aún no está todo perdido) las relaciones entre hombres y mujeres basadas en los sentimientos, en la estabilidad y la fidelidad de la pareja, en la seriedad y en el respeto hacia el otro sexo, y en la creación de hogares donde nazcan y se desarrollen hijos sanos y bien formados. Porque es el feminismo y sus lacayos, sobre todo, los que se están cargando la natalidad, y con ella el relevo generacional de todo el país. Vamos, en gran parte, gracias a ellos (evidentemente hay otras razones), hacia una sociedad de viejos/as solitarios/as y sin hijos. Asistimos al comienzo, consolidación y permanencia de una sociedad mutilada, donde los valores han cambiado, y no precisamente para bien, sino para mal.
En otro orden de cosas, mientras las violaciones sean tan duramente castigadas, sin proporcionalidad con los homicidios —que por pura lógica deberían recibir bastantes más años de cárcel—, se incentivará el asesinato de la víctima. Si quien viola a continuación mata, evita un testigo molesto. Y total, ¿qué más da matarla si prácticamente la pena sería la misma con asesinato que sin él? Es diabólico, pero esa es la conclusión a la que llega el violador-asesino. Toda represión tiene su contrapartida, toda acción su reacción, y si es desmesurada la primera, también lo será la segunda. En China, Mao Tse Tung mandó eliminar los
gorriones para que “no se comieran los frutos”. El resultado fue nefasto: las cosechas descendieron de forma tan alarmante que la hambruna subsiguiente mató a millones de personas. ¿Qué había ocurrido? ¡Que la desaparición de los pájaros trajo consigo terribles plagas de insectos! Esta época, que se está feminizando a marchas forzadas, pasará a la Historia como la época de la Histeria. No es extraño que Putin nos invada: sabe que somos débiles y decadentes. Hay histeria en la Red, en la política, en los medios de comunicación, en toda la sociedad. Histerias de todo tipo y, especialmente, contra los hombres. Matan a una mujer y los medios lo magnifican de tal modo que parece que hayan matado a mil y que detrás de cada hombre se puede ver a un asesino. Y no se trata de dialogar, consensuar, tolerar, sino directamente de machacar al contrincante y a todo aquel que lleve la contraria o no esté en la línea “oficial”. Histéricos son los periodistas, los políticos, los jueces y las feministas en general. La histeria es el signo de nuestro tiempo, en el cual las noticias, comentarios y reportajes son pura hipérbole cuando no bulo descarado. De ahí que en nuestro país, con un índice muy bajo de asesinatos, se haga creer, después de “tratamientos” bien urdidos y publicitados, que es el no va más de malos tratos y asesinatos de mujeres, cuando en realidad es el no va menos. Se trata de crear un caldo de cultivo idóneo para la creación de leyes cada vez más represoras. El lenguaje es extremo e interesado, como la ideología de la que forma parte. El mensaje es rotundo e inflexible: habla sin tapujos de “erradicar” por completo la violencia “machista” (como si no hubiera “feminista”) y, sobre todo, los asesinatos de mujeres. ¿Es eso normal? ¿Alguien pretende en su sano juicio erradicar todas las enfermedades o los accidentes domésticos o de coche? Los crímenes y asesinatos de seres humanos sucedieron, suceden y sucederán hasta el fin de los tiempos. Forman parte de la Naturaleza, igual que vivir y morir. Por desgracia, jamás se erradicarán los crímenes pasionales ni los malos tratos entre sexos. Ojo: ambos se confunden hoy en día gracias a la labor de las feministas, cuando no es así. Un crimen pasional es distinto a un mal trato, y no debería estar incluido dentro de la llamada “violencia de género”.
Las cifras en España de malos tratos y feminicidios son insignificantes. Ello no quiere decir que no haya que combatirlos con firmeza y sobre todo con justicia, con justicia igualitaria de veras, no con las burdas patrañas que propugna el feminismo. Porque se ha respondido con una virulencia misándrica espeluznante. Pero crear casi con cada asesinato, amplificado oportunamente, más leyes represivas y discriminatorias, no es la solución, sino el problema. Algo que no entienden las feministas.
Y ahora, la nueva tendencia es acusarnos también de los asesinatos vicarios de nuestros hijos: se avecina un nuevo giro de tuerca a la represión. Hay dos o tres asesinatos al año en una sociedad de 55 millones de ciudadanos, y ya quieren hacer ver que detrás de cada hombre hay un asesino vicario que busca vengarse de su mujer. Procurarán que con solo rozar a un hijo podamos perder la patria potestad. Cuestión de tiempo.
XI
En definitiva, las feministas son llamadas feminazis, y con razón, ya que participan de la mayoría de parámetros que conforman el fascismo:
- Como este, el feminismo es excluyente y totalitario: solo respeta a los que son o piensan como él, los demás son disidentes, enemigos declarados a los que estigmatizan, censuran o persiguen sin escrúpulos. Todo intento de solucionar el problema al margen del dominante lobby feminista es inevitablemente repudiado. Los que defendemos la custodia compartida y la igualdad real entre hombres y mujeres somos machistas y gente a acosar o, como mínimo, ser boicoteados. No se puede ir contra la “versión oficial” de que los hombres son los maltratadores y los malos, y las mujeres las víctimas y las buenas. La cuestión es poder propagar impunemente y sin oposición su mensaje supuestamente igualitario, cuando es profundamente misándrico y discriminatorio y pretende —y consigue— privilegios para las mujeres cada vez más abusivos.
- El feminismo es pura demagogia (ahora llamada populismo). Con falsas promesas y mentiras, en realidad busca el poder, para desde ahí manejar a la sociedad a su antojo. A costa de artimañas y manipulaciones, envenena a la gente y convence a muchos, especialmente a aquellos que tienen el poder político. De hecho, no hay político que se precie que no se pliegue a él a la primera manifestación u “orden” que oye. Por otra parte, cualquiera no hace eso: sería duramente castigado.
- Utiliza sin escrúpulos medios violentos y represores, procurando obtener leyes que actúan contra los hombres, en una espiral que no cesa y que continuamente se retroalimenta gracias a que las medidas son cada vez más duras y despiadadas.
- Las feministas y sus adláteres se unen en lobbies y asociaciones poderosas, que son como tentáculos en la sociedad, como las ramificaciones de un cáncer maligno. El Ministerio de la Mujer, de la Igualdad o como se quiera llamar, ya se encarga de suministrarles fondos en cantidades desorbitadas para que surjan como setas asociaciones y colectivos que propaguen su mensaje misándrico a toda la sociedad. Si fueran de hombres, huelga decir que no recibirían ni un euro o si acaso alguna limosna.
- El feminismo utiliza sistemáticamente mentiras, exageraciones y tergiversaciones. Y se vale de subterfugios y eufemismos para disimular sus intenciones y así engañar mejor. Por ejemplo, con el claro abuso de la “discriminación” positiva. En cuanto a su lenguaje, procura modificarlo a su gusto a fin de moldear la sociedad, valiéndose de inventos pueriles, como cuando habla de las famosas “miembras”, las duplicaciones innecesarias o las terminaciones en “e” que destrozan el idioma.
- Como Hitler respecto su propio pueblo, al que finalmente destruyó sin miramientos, al feminismo le trae sin cuidado el bienestar de las mujeres que no coinciden con sus planteamientos, condenando a muchas de ellas a la soledad, a la falta de maternidad o a sufrir por sus hijos y familiares masculinos.
- Domina los medios de comunicación, y usa abusivamente la propaganda. Capítulo de esta y táctica común del feminismo es el sensacionalismo: abruma a la sociedad con mensajes que conceden importancia desmesurada a hechos singulares de carácter machista. Cada vez que una mujer muere, la noticia se repite y agranda hasta la saciedad. Mientras tanto, no se habla de suicidios, que son una media de 11 diarios. ¿Por qué no preocupa eso? ¿Tal vez porque la mayoría son hombres? Es un movimiento megalómano, que aspira a un universalismo y una infalibilidad digna del Papa, como cuando aspira a erradicar por completo la violencia contra las mujeres. Y cuando se ataca a una mujer, es como si se atacara a todas ellas, dando igual si es inocente o culpable.
- Incurre claramente en el delito de “odio”: odio absoluto, sin paliativos, a los hombres. Es un movimiento misándrico de manual. Para él, todos los hombres somos culpables a priori de ser violentos con las mujeres. Por ello, debemos pagar sin matices y con la mayor dureza posible. Y huelga decirlo, no es necesario demostrar nuestra culpabilidad, sino la inocencia.
- Ha erradicado numerosas palabras de su vocabulario y su lenguaje para adaptarlo a su ideología. Términos como “compasión”, “humanidad” o “tolerancia” no existen para las feministas y sus adláteres. La tolerancia 0… es intolerancia 10. Cualquier día llegarán a pedir incluso la castración. Como conclusión, podemos decir que el feminismo ha llevado al terreno de la confrontación, lo que era un universo de perfecta simbiosis entre los dos sexos, con sus defectos y carencias… porque seres humanos somos todos. Los resultados saltan a la vista:
- Ligereza cada vez más acentuada de las relaciones entre sexos. Poco más que sexo.
- Pérdida paulatina y constante del matrimonio y de la estabilidad de las parejas.
- Probable predominio de estados de soledad en el futuro.
- Caída en picado de la natalidad, que se acentuará con los años.
- Destrucción de la igualdad: el feminismo es para los hombres lo que el machismo para las mujeres.
- Maltrato para los hombres a todos los niveles. En su vida social, profesional y política.
- Incremento en todo el mundo de las confrontaciones entre hombres y mujeres.
- Desprecio de los principios básicos de la Justicia y de la dignidad del sexo masculino.
- Aumento progresivo de la hipocresía y el cinismo, de la mentira, la manipulación y la difamación.
- Daños irreparables no solo a los hombres: también a las mujeres. Si con los años finalmente se impone el juicio y no la falta de neuronas, si algo deseo es que no lleguemos a la situación del famoso péndulo del fiscal alicantino. Jamás abogaré por un giro radical para que, sea por venganza o por lo que sea, vayan a ser los hombres los beneficiados por eso llamado Justicia. Esta debe ser igualitaria y respetuosa con todo el mundo, y debe basar sus sentencias en los actos y comportamientos objetivos de las personas, no en su sexo, clase o condición. Así es como esa institución se dignificará y dejará de ser el petardo que es actualmente. Sé que estoy hablando de forma muy utópica, muy idealista, y que es totalmente irrealizable, pero la esperanza es lo último que se pierde. El caso es que las feministas nos desprecian, pero ¿también nos hacen tontos? La tan ansiada igualdad no se consigue apaleando a los hombres, ni creando un mundo de suspicacias y rencores hacia el sexo masculino. Supongo que al decir eso más de una feminista me insultará. ¿No se va a beneficiar descaradamente a la mujer? ¡Menudo machista el que pretende eso! ¡Debe ser de extrema derecha! En fin, si algo tengo por cierto, es que si el feminismo sigue empecinado por su camino trazado, no se va a ninguna parte como no sea al desastre.


