He aquí un grupo selecto de nuestra congregación de alegres compadres y comadres of Spain bañándose en una piscina llena de peces. Hay tres posibles razones para que lo hicieran (y que el lector decida):
1.- Porque iban tan acalorados y sudorosos que, al ver la piscinica de marras, no lo dudaron ni un instante y, ala, al agua, patos, a refrescarse. (A todo eso, los peces ni se inmutaban. Están acostumbrados a compartirla con multitud de humanos.)
2.- Porque, según nuestra guía balinense, una señora muy informada, esas aguas tienen un gran poder: el de purificar almas y cuerpos. De manera que, si uno se mete debajo de cada uno de sus chorricos y deja que el agua le salpique, sale tan inmaculado que de esas ya puede luego cometer pecados a chorrillo. De hecho, estaría purificado para tanto tiempo que hasta podría zamparse a diario dos huevos fritos sin miedo al colesterol. (Oh, collins, y yo, con lo que me gustan, sin meterme en ella. Tremebundo error.)
3.- Quisieron practicar uno tras otro los estilos de natación: brazas, mariposa, espalda y crol. Sin embargo, cabe decir que su intento se zanjó en vil fracaso cuando uno de los guardianes les soltó con supino cabreo algo así como: “¿Jamalaji jamalaja rascatela?” Lo cual, en versión libre castellana, podría significar: “Ánde vais, ansias vivas?”







